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Historia del Arte (4): la Edad Moderna.

Durante la Edad Moderna, el arte va a oscilar entre una innovación plástica casi permanente y las influencias clásicas a las que se aferra como garantía de alejamiento de una Edad Media que, en cierto sentido, repudia.  El fondo clásico será, pues, la senda sobre la que evolucionará el arte durante toda esta época, y de la que muy pocas veces se alejará.  La Italia del siglo XV, como no podía ser de otra manera, dada la pervivencia de lo clásico en ella, iba a ser el gran escenario en el que se desarrollase el nuevo arte moderno a partir de la recuperación de las formas de la antigüedad grecorromana.  Por otro lado, la técnica al óleo, surgida en los Países Bajos en ese mismo siglo, abría un mundo de posibilidades por explorar para los pintores de la Edad Moderna, que supondrá una auténtica revolución cuyos frutos más exquisitos llegarán en el período barroco.

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Europa en el siglo XVI

 

1. El Renacimiento

Desde finales del siglo XIV, especialmente en Italia, y comienzos del XV en Flandes, la producción artística europea evolucionó en el sentido de recuperar para el arte, de la mano del Humanismo, conceptos que habían sido prácticamente olvidados durante la Edad Media. Entre ellos cabe destacar la consideración del hombre como centro y eje principal de referencia artística, y del artista como un creador;  además, volverá el patronazgo de particulares con grandes fortunas (los “mecenas”), se abandonará el carácter casi exclusivamente religioso que tuvo el arte del medievo, regresará la escala humana a la arquitectura y, por lo que a la plástica se refiere, se recuperará la representación realista de las formas de la naturaleza, y triunfarán géneros como el retrato o el paisaje.  A esta época, que vendrá acompañada de la caída de Constantinopla en manos de los turcos, de inventos revolucionarios como la imprenta, de novedades científicas como el Heliocentrismo y descubrimientos geográficos que impulsarán nuevas rutas y formas de comercio y que harán cambiar la mentalidad europea, se la conocerá, por todo ello, como el Renacimiento.  

En el arte, y tomando como referencia lo que ocurre en Italia, esta época se dividirá en dos grandes períodos:

a) El Quattrocento, o siglo XV, en el que se alcanzará el grado de equilibrio formal y conceptual necesario para poder hablar de clasicismo. Es entonces cuando se ponen las bases del nuevo estilo gracias a tres grandes innovadores del arte: Brunelleschi en arquitectura, Donatello en escultura y Masaccio en pintura. Florencia será la gran capital del Quattrocento y en ella se concentrará una pléyade de grandes artistas, entre los que destacan, además de los ya nombrados, Alberti en arquitectura, Verrochio y Ghiberti en escultura, Fra Angélico, Ucello, Piero della Francesca, o el gran Botticelli, en pintura. En la segunda mitad de siglo, aparecerán otras escuelas pictóricas satélites de la florentina, como Padua o Umbria, en las que destacan autores como Mantegna o Il Perugino.

b) El Cinquecento, o siglo XVI, durante el cual se alcanza la culminación de este nuevo estilo, gracias a la labor genial de autores como Leonardo, Miguel Ángel, Rafael o Tiziano. Roma y, en menor medida, Venecia, sustituyen a Florencia como capitales del arte, al tiempo que las innovaciones artísticas terminan por extenderse al resto de Europa. Al comenzar el segundo tercio del siglo, el propio Miguel Ángel, una vez agotado el clasicismo en su estricto equilibrio formal y normativo, ha abierto y está explorando nuevas vías artísticas que darán lugar a la corriente estética conocida como Manierismo, que dominará en Italia durante la mayor parte del siglo XVI. A este estilo se asignan pintores como Correggio, Bronzino o Pontormo, escultores como Giambologna o Benvenuto Cellini, y los arquitectos Palladio y Vignola. Fuera de Italia destaca la figura de El Greco, pintor griego activo en España durante el último cuarto de siglo XVI y los comienzos del XVII.

1.1. Arquitectura

Será, como decimos, en Italia donde primero y de forma más nítida, se exprese este nuevo lenguaje estético.  Ya en los siglos anteriores, frente a la verticalidad y la ampulosidad gótica del norte de Europa, se apreciaban allí una ponderación y un sentido del equilibrio en la construcción de edificios, que anunciaban lo que habría de ser el nuevo estilo en Arquitectura.  Este nuevo código estético, establecido a partir de la práctica de Brunelleschi y la teoría de Alberti, ha triunfado ya de forma definitiva a mediados del siglo XV, tal como se puede ver en el arco de Alfonso de Aragón, en el Castel Nuovo de Nápoles, obra de Francesco Laurana, en el que se aprecia, nítidamente, la asunción completa de modelos antiguos (clásicos), en este caso los arcos de triunfo romanos.

Arco Castel Nuovo

La Arquitectura era considerada como el arte público por excelencia.  Se buscaba, siguiendo las normas antiguas del tratadista romano del s. I a.C. Vitruvio, la magnificencia y la dignidad en la grandeza, el equilibrio y en la selección y contención decorativa, intentando siempre no sobrecargar el conjunto final. Además, en su “De Architectura”, Vitruvio había sostenido que la proporción de la forma humana debía servir de paradigma para las proporciones de las creaciones humanas:

“Puesto que la naturaleza ha diseñado el cuerpo humano de modo tal que sus miembros están debidamente proporcionados a la figura en su conjunto, tal parece que los antiguos tenían una buena razón para su regla, que dice que en los edificios perfectos, los distintos miembros deben guardar relaciones simétricas exactas con el esquema general en su conjunto.”

El Renacimiento aportará nuevos modelos a la tipología constructiva y Brunelleschi, durante la primera mitad del siglo XV, será el creador de alguno de los más importantes. Así, en el Palazzo Pitti (imagen de abajo), este arquitecto crea el modelo de  palacio renacentista, basado en la fortaleza medieval, desprovisto en principio de finura y elementos decorativos en el exterior, elementos que, no obstante, se despliegan en el cortile o patio interior, a imagen del claustro de los monasterios medievales.

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Palazzo Pitti (Florencia)

A medida que la estabilidad política vaya llegando a Italia, dichas líneas arquitectónicas, más elegantes y decorativas, se irán haciendo presentes también en la fachada exterior. Posteriormente, arquitectos como Alberti o Michelozzo Michelozzi, siguiendo este modelo, levantarán sendos palacios en Florencia (el palacio Rucellai y el palacio Medici Riccardi respectivamente), que iniciarán una larga serie de edificios similares hasta bien entrado el siglo XVIII.

Por su parte, en Santa María del Santo Espirito, en Florencia, Brunelleschi encontró en la basílica antigua un esquema válido de templo cristiano que, no obstante, planteaba un serio problema en la fachada, debido a que la elevación de la nave central impedía que aquélla tuviera un aspecto clásico.

Alberti lo resolvió en el llamado templo malatestiano de San Francisco en Rimini, donde recurrió al modelo de fachada basada en el arco de triunfo romano de tres arcos, y en San Andrés de Mantua donde añadió el frente de templo clásico coronado con un frontón que sustituye al ático en aquéllos.

El otro modelo de templo, considerado ideal en el Renacimiento, fue el de planta central con cúpula, basado en la consideración del círculo como forma perfecta, reflejo de la perfección celestial.  Bramante, como profundo clasicista y seguidor de Vitruvio, fue el máximo exponente de esta corriente, que alcanzaría bajo Miguel Angel su culminación, en la construcción de la basílica de San Pedro en el Vaticano.

A lo largo del Cinquecento, la tradición vitruviana se fue diluyendo y el Manierismo se impone, finalmente, como una ruptura deliberada con las reglas, a fin de lograr un efecto emocional e, incluso, un impacto o sorpresa ante lo que se está viendo.  Un ejemplo lo constituye la escalera del vestíbulo de la biblioteca Laurenciana, en Roma, donde Miguel Angel empieza a fundir la arquitectura con la plástica, camino del Barroco.

Surgirá también, de la mano de Andrea Palladio, el modelo de la villa renacentista con varios frentes en los que se utiliza el pórtico del templo clásico, que se extenderá por el mundo en los siglos posteriores, especialmente a partir del siglo XVIII, una vez superado el paréntesis formal del barroco. El mejor ejemplo lo encontramos en Villa Capra (La Rotonda), en la imagen.

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Il Vignola, tercer gran arquitecto del Cinquecento italiano, construirá en Roma la iglesia del Gesù (a su muerte continuó la obra Giacomo della Porta), que se convertirá en el modelo utilizado en todos los templos que la Compañía de Jesús proyecte por el mundo. Consta de una fachada monumental clásica, de tres cuerpos unidos por volutas y rematados por frontón triangular en el exterior, y nave única y transepto con capillas entre los contrafuertes, culminada en el crucero por una cúpula en el interior.

1.2. La plástica renacentista: escultura y pintura

Durante la primera mitad del siglo XV, tanto en Italia (donde Giotto había iniciado el giro hacia la representación real de las cosas ya un siglo antes) como en Flandes, los artistas observan escrupulosamente la naturaleza que los rodea, y buscan o crean nuevas técnicas para plasmar lo que descubren, alejándose así de la visión divina del mundo, que admitía una única interpretación y representación.
Progresivamente, algunas de las formas expresivas más comunes de la antigüedad, se van incorporando al repertorio formal que sirve a los nuevos artistas del Renacimiento como, por ejemplo, el desnudo, la fidelidad al pasado (en cuanto a ropajes, armas, etc.), el abandono de la visión frontal, la consideración del ser humano como medida básica, o la perspectiva matemática. Esto hizo que el repertorio de temas y géneros se enriqueciera con la incorporación del retrato (el ecuestre incluido), los paisajes, los temas históricos y mitológicos, las naturalezas muertas, etc.
Además, la figura del artista plástico se va revalorizando a medida que la demanda de sus cuadros crece y las peticiones de los donantes son atendidas con prontitud.  Su reputación y fama aumentaron con rapidez y, en consecuencia, el valor de sus realizaciones personales empezó a superar la importancia del tema que pintaban o esculpían.

La escultura contaba con modelos clásicos abundantes que, desde muy pronto, fueron dando las pautas formales para el desarrollo de una plástica de aire clasicista en plena Edad Media en Italia, y algunas claras influencias en Francia.  El concurso convocado para elaborar la Puerta Norte del Baptisterio de Florencia en 1401 marca el paso definitivo al Renacimiento y la asunción del clasicismo como modelo expresivo, cuando triunfa el renovador Ghiberti sobre el más goticista Brunelleschi, con los dos paneles de relieves en bronce que se ven a continuación:

concurso brunelleschi Ghiberti

El éxito de esta fórmula fue tal que, también a Ghiberti se le encargarán, más tarde, la puerta oriental, o del Paraíso, en la que alcanzará la máxima perfección en el trabajo del relieve en bronce, desarrollando la técnica del “schiacciato” o representación de varios planos en un mínimo grosor del panel.  Vemos un ejemplo en uno de los que componen la Puerta del Paraíso.

Ghiberti

En su taller se formaron numerosos artistas florentinos, entre los que destacará la figura de Donatello, quien dará inicio al clasicismo escultórico que culminará con Miguel Ángel quien, a su vez abrirá la escultura italiana y europea a nuevas tendencias, en lo que conocemos como Manierismo.

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Donatello, en su San Jorge (imagen de la izquierda), propondrá  un modelo de caballero seguro de sí mismo, que confía en sus fuerzas y es dueño de su destino, lo que encaja perfectamente con el Antropocentrismo que irá imponiéndose durante el siglo XV y define el ideal humano del Renacimiento. En esta misma línea, el escultor florentino recuperará también el retrato ecuestre en su “Condottiero Gattamelata” y presentará su David, con el que se inicia una interesante serie de representaciones de esta figura bíblica, por parte de autores como Verrocchio, Miguel Ángel y, ya en pleno barroco, Bernini.

Miguel Ángel será el gran escultor del Cinquecento al llevar la representación de la figura humana a su máximo esplendor (David, en la imagen superior derecha), al tiempo que incia el camino hacia el dramatismo y la “terribilità”, encarnados en su Moisés, que son ya anuncio de sus obras de madurez, decididamente manieristas. En ellas, Miguel Ángel manifestará su genio creador al incorporar elementos de desequilibrio, movimiento e inquietud (como puede observarse en la imagen inferior, que representa el Día, en la tumba de Lorenzo y Giuliano de Medicis), que se alejan de unas formas clásicas que, en cualquier caso, siempre utilizó con gran libertad.

La obra de Miguel Angel, como decimos, tuvo continuidad en los grandes escultores manieristas que fueron Benvenuto Cellini (Perseo con la cabeza de Medusa) y Giambologna, que introduce con decisión la llamada línea serpentinata, bien visible en la obra que observamos debajo, el rapto de las sabinas, que anuncia ya las formas barrocas.

En España, la escultura copiará modelos italianos o nórdicos e, incluso, será practicada por extranjeros, cuando de materiales nobles se trata (bronce y mármol), especialmente en escultura funeraria. En los retablos se desplegará de forma prolija, iniciándose entonces una interesante andadura basada en la utilización de la madera pintada, de una gran  fuerza expresiva y muy del gusto popular. Destacarán nombres como Juan de Juni (Santo Entierro) o el genial Alonso Berruguete (sacrificio de Isaac)

 

Por lo que respecta a la pintura, la escasez de restos de época clásica, hizo que la plástica renacentista del Quattrocento se desarrollase a partir de la escultura y, sobre todo, del relieve (Nicola Pisano y otros). De ahí que los primeros pintores que, en Italia, se deciden a abandonar el bizantinismo y las formas medievales, definiesen un estilo en el que las formas son macizas y contundentes y la línea se impone a otros recursos figurativos, como el color.  Es decir, se trata de un estilo que toma su inspiración clásica a través de la escultura.  Otra fuente de inspiración fue la “Historia Natural” de Plinio el Viejo (siglo I), donde se describían las técnicas y los cuadros famosos de la antigüedad.

En términos pictóricos, podemos afirmar que el Renacimiento en Italia habría comenzado con las obras finales de Il Giotto, en la primera mitad del “Trecento” (siglo XIV), quedaría plenamente codificado por Masaccio, a principios del Quattrocento (siglo XV), y terminaría con la muerte de Rafael en 1520.  En el resto de Europa, no se aceptarían los modelos y el estilo renacentista hasta bien entrado el siglo XVI. Bien es verdad que, aunque el alemán Alberto Durero pueda ser considerado como el primer pintor plenamente renacentista fuera de Italia, la pintura que se venía desarrollando en Flandes, ya hacía tiempo que había dejado atrás muchas tradiciones medievales, y algunos pintores, como los hermanos Van Eyck y Roger Van der Weyden, habían incorporado desde comienzos del siglo XV, nuevas técnicas como el óleo o la perspectiva, así como nuevas preocupaciones, como la naturaleza y la figura humana, que tienen bastante en común con el Renacimiento italiano.

Masaccio será, como ya se indicó anteriormente, el introductor del Renacimiento en pintura, a través del interés por la representación verdadera de la naturaleza y del estado de ánimo y el temperamento de los personajes, como puede observarse en los estupendos frescos de la Capilla Brancacci, en la Iglesia del Carmine de Florencia.

Además, utilizará ya la perspectiva lineal, que se convertirá en un recurso expresivo y compositivo de primer orden, viniendo a resolver la necesidad de ubicar a las figuras en un espacio real, ahora que la pintura comienza a abandonar el ideografismo y el carácter simbólico del arte medieval, tal como puede observarse en la obra de Masaccio, la Trinità (debajo de estas líneas).

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Por otro lado, en Italia, la pintura al fresco, que se venía practicando sin solución de continuidad desde la Antigüedad y que era considerada la prueba de mayor habilidad de un artista, tendrá en Miguel Ángel a uno de sus grandes genios. No obstante, comenzará a perder protagonismo ante el avance imparable del óleo y los lienzos procedentes de Flandes, que aportaban una mayor capacidad expresiva.

Otros pintores italianos, especialmente activos en la Florencia de los Medici, así como en otras escuelas del norte (Padua, Umbria. Venecia, etc.), seguirán dichas pautas, aportando cada uno diversos elementos, recursos técnicos y géneros que, desde el medievalismo conceptual de Fra Angelico, se irán incorporando al nuevo estilo renacentista: la perspectiva lineal en Piero della Francesca y los escorzos de Ucello y Mantegna; retratos, paisajes y nuevos géneros como el histórico o el mitológico serán practicados por Ghirlandaio, Benozzo Gozzoli, Boticelli, mientras otros como Perugino van “aggiornando” el religioso; finalmente, la perspectiva aérea y el “sfumato” acabarán dando los últimos toques de perfección representativa a la pintura, de la mano de Leonardo da Vinci,

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En el siglo XVI (el Cinquecento) Florencia se verá desplazada por Roma como gran centro de actividad pictórica. Miguel Angel y Rafael, los dos artistas más influyentes en los inicios del siglo, recalarán en esta ciudad para trabajar en los grandes frescos del Vaticano (Rafael en las “Estancias” y Miguel Ángel en la Capilla Sixtina – puedes pinchar en el gran fresco del Juicio Final para acceder a una vista interactiva de la misma) y allí dejarán lo más granado de su obra.

Escuela de Atenas

Rafael. La escuela de Atenas

El Juicio final de Miguel Angel

Además, en el siguiente video, extraído de la estupenda serie “el joven papa”, podéis ver una recreación de lo que pudo ser una reunión del papa con los cardenales en la Capilla Sixtina, en la que se pueden ver los frescos de Perugino, Boticelli, Ghirlandaio, sobre la vida de Jesús y de Moisés y, sobre todo, el Juicio Final y los frescos de la bóveda, de Miguel Angel.

Sus continuadores serían ya pintores manieristas, que continuarán la senda iniciada por Miguel Ángel en su exploración de nuevas formas y conceptos estéticos. Entre ellos destacarán Il Correggio (Noli me tangere), Il Parmigianino (la madonna del collo lungo), Bronzino (Venus, Cupido, la locura y el tiempo)  o Pontormo (Descendimiento). Los podemos ver bajo estas líneas.

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En Venecia, el Renacimiento pictórico va a discurrir por cauces diferentes de los de la pintura florentina. Los Bellini, en especial Giovanni (Tríptico dei Frari), muy influidos por la pintura flamenca y su gusto por los detalles, el paisaje y la luz, son los creadores de la escuela veneciana, cuyo rasgo más distintivo será el interés por el color. Giorgione (La tempestà) y, sobre todo, el gran Tiziano (Danae), serán sus autores más destacados.

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Otros pintores venecianos importantes fueron Tintoretto y Veronés, que son ya manieristas y que mantienen buena parte de las características de la pintura veneciana en obras como el lavatorio de los pies, del primero o las Bodas de Caná, del segundo.

Fuera de Italia debemos recordar la figura de El Greco cuyas obras más importantes las realizará en España, asentado en la ciudad de Toledo desde 1576. Es un autor cuyo paso por Venecia le permitió comprender la capacidad expresiva del color, lo que se convertiría desde entonces en una impronta de su pintura. Igualmente, su estancia en Roma y el conocimiento de la obra de Miguel Angel, le llevaría a incorporar a su estilo las formas manieristas que ya nunca abandonaría. Sus grandes lienzos, como el Espolio (en la imagen), la Trinidad o el martirio de San Bartolomé y la legión tebana, muestran también una espiritualidad basada en la sensación de ascenso a partir de líneas y cuerpos alargados y ondulados que miran al cielo. Su obra cumbre es el Entierro del Conde de Orgaz, en Toledo. En sus últimos años su pintura se volvió más expresionista y el color y la luz se convirtieron en protagonistas absolutos de sus cuadros.

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En la siguiente presentación se exponen las características que tendrán las distintas disciplinas y corrientes artísticas durante dicho período, así como una selección de obras y autores importantes.

2. El Barroco.

La época del Barroco (aproximadamente desde el último cuarto del siglo XVI hasta el primer cuarto del XVIII) va a coincidir con la culminación política del absolutismo monárquico. Las naciones europeas, aunque siguen organizándose social y económicamente según esquemas medievales, van a quedar enmarcadas dentro de complejas superestructuras de poder absoluto que son dirigidas por monarcas que no conocen más límites a su poder que los designios divinos (cuya interpretación recae sobre la Iglesia) y su propia personalidad. En estos siglos, el gran Imperio Hispánico de los Habsburgo vive su decadencia política en Europa, al tiempo que la Francia del gran Luis XIV, asciende a la posición de potencia hegemónica.  Las sociedades europeas ven alzarse poco a poco a la burguesía como grupo social llamado a grandes logros en el futuro;  la nobleza, en cambio, una vez perdida su función militar dentro de la tradicional división en estamentos de la sociedad, pasará a vivir de las rentas que le producen sus feudos, convirtiéndose así en un grupo social parasitario. La revolución científica, iniciada por Copérnico hace ya un siglo, está en plena ebullición, con los Tycho Brahe, Galileo, Keppler y el gran INewton.

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Mientras tanto, la Iglesia Católica está embarcada en la Contrarreforma, luchando contra la fuga de fieles hacia las iglesias protestantes.  En este sentido, buena parte del arte Barroco responde al deseo de difundir de forma grandilocuente y llamativa, el triunfo de la Iglesia verdadera.  Para ello, la arquitectura prevalece sobre las demás artes, siendo la escultura y la pintura partícipes necesarios en el gran “Theatrum Sacrum” o apoteósico escenario que trata de elevar la espiritualidad católica a un grado místico. Junto a la Iglesia, serán los reyes absolutos y la burguesía en ascenso en zonas protestantes, los principales demandantes de arte.  

Si hemos de reseñar dos figuras que representen el espíritu y las formas barrocas, éstas serían Bernini (ver debajo, a la izquierda, Apolo y Dafne), para la arquitectura y la escultura, y Rubens (en la imagen inferior derecha, el Rapto de las Hijas de Leucipo) en pintura. En ambos encontramos los rasgos que nos permiten identificar el estilo Barroco: Movimiento, luz, efectismo y teatralidad, que se consiguen mediante el empleo preferente de líneas curvas, de juegos de luces y sombras (claroscuros), de ruptura de las líneas y cánones clásicos. No obstante, hay que entender que entre el Renacimiento y el Barroco hay la lógica continuidad que existe entre un estilo basado en el equilibrio formal y otro en el que dicho equilibrio se rompe por cansancio o excesivo academicismo (que anula la creatividad), como sucedió en Grecia entre el período Clásico (el Doríforo) y el Helenístico (Laocoonte)

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Bernini es también el autor, en San Pedro del Vaticano, del Baldaquino y la Cátedra de San Pedro, sendas obras en las que se expresa de forma exacta la plástica barroca, al implicar a todas las artes en un único proyecto, grandioso y atractivo, que resuma la espiritualidad católica que la Contrarreforma quiere impulsar frente a la difusión del protestantismo.

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2.1. La arquitectura barroca

La arquitectura barroca se expresa, básicamente, a través de formas y elementos clásicos que se ondulan, se deforman, se “retuercen” y se rompen.  La decoración, aunque no siempre (por ejemplo en el barroco francés), se multiplica e, incluso, llega a ocultar las líneas arquitectónicas, sobre todo en interiores y en portadas, vanos y remates, en las fachadas. Elementos soportantes, como las columnas, se retuercen ( columna salomónica) o adoptan formas no acordes a su función (estípite); la cúpula deja de ser semiesférica para adoptar formas ovaladas o elípticas, etc. En la siguiente imagen correspondiente a una iglesia austríaca pueden observarse algunos de estos rasgos, propios del estilo barroco.

Los arquitectos más relevantes son italianos: el ya mencionado Gian Lorenzo Bernini, autor entre otras obras, de la columnata de la Plaza de San Pedro en el Vaticano o la iglesia de San Andrés del Quirinal,  y Francesco Borromini, quizás el más depurado de los arquitectos barrocos, autor de la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane. Otros igualmente reseñables son Filipo Juvara, Guarino Guarini o Baldasarre Longhena, que trabajarán en el norte de Italia (Turín, Venecia, etc.) e influirán en otros países europeos, en los cuales también trabajarán (por ejemplo, en España, Juvara es el coautor del Palacio Real de Madrid).

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Fuera de Italia, cabe destacar la arquitectura francesa de la época de Luis XIV, durante la cual se construyeron grandes palacios rodeados de extensas áreas ajardinadas con la idea de quedar integrados en magníficas perspectivas visuales, tanto urbanas como naturales. Los mejores ejemplos son los palacios del Louvre, el de Vaux-le-Vicomte (en la imagen de la derecha) o el de Versalles, que se convertirían en modelos a imitar en toda Europa (La Granja, en España, Caserta, en Nápoles, etc). En ellos trabajan arquitectos, decoradores, diseñadores de jardines, etc., como Perrault (que intervino en la construcción del palacio del Louvre), Hardouin Mansart (arquitecto principal en el palacio de Versalles), Le Vau, Le Brun (diseñador de interiores y pintor), y el gran paisajista y diseñador de jardines Le Nôtre.

 

2.2. La plástica barroca

La escultura barroca tendrá en Bernini a su máximo exponente. Su obra definirá los rasgos que la caracterizarán durante esta época (movimiento, teatralidad, etc.) y será concebida para integrarse en el marco arquitectónico o urbano al que va destinada, al mismo tiempo ha de contribuir a ensalzar determinadas virtudes y sentimientos considerados de origen divino. Empleará materiales como el bronce o, sobre todo, el mármol, en el cual alcanzará una maestría insuperable; por otro lado, repartirá también su obra entre el género religioso y el mitológico (siempre con mensaje religioso final) y entre sus obras más conocidas destacan el Éxtasis de Santa Teresa de Ávila, su David (que muestra el momento de máximo movimiento del lanzador de la honda, en la imagen de la izquierda), o el Rapto de Proserpina (imagen de la derecha).

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En España, la escultura alcanzará un gran nivel técnico durante el siglo XVII, pero su menor alcance y repercusión artística internacional se debe al empleo preferente de la madera policromada, y del destino religioso de sus obras (imágenes para retablos de iglesias y pasos de Semana Santa). La madera, no obstante, va a permitir un grado de naturalismo que difícilmente se puede conseguir con la piedra o el bronce, lo que conectaba con el gusto popular por el dramatismo. Surgirán varias escuelas y talleres que mantendrán una  elevada producción de imágenes en toda España, destacando las de Valladolid (Gregorio Hernández), Sevilla (Martínez Montañés), Granada (Alonso Cano, también pintor y Pedro de Mena) y Murcia (Salzillo).

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La pintura vivirá durante el Barroco, una etapa de enorme creatividad y expansión. La luz se convertirá en una de las mayores obsesiones de los pintores de esta época. Uno de sus iniciadores es Caravaggio, creador del tenebrismo, una técnica de representación muy efectista, que consiste en destacar figuras o parte de las mismas con una iluminación directa y poderosa, capaz de revelar hasta el más mínimo detalle, buscando un fuerte contraste con un fondo oscurecido.

Caravaggio influirá notablemente en la pintura italiana y europea del siglo XVII, desde España hasta los Países Bajos, creándose una tendencia que convivirá con otra más clasicista, representada por los Carracci y, en menor medida, por Guido Reni, que se contiene en las formas para evitar caer en el efectismo de los caravaggistas y otros autores barrocos. En Roma y otras grandes ciudades católicas (Madrid, Nápoles, etc.), y por impulso de la Contrarreforma, resurgirá la pintura al fresco de la mano de los grandes fresquistas italianos Andrea Pozzo, Il Baciccia, Pietro da Cortona y Luca Giordano.

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Fuera de Italia se vivirán, en los Países Bajos y en España, sendos y contemporáneos siglos de oro de la pintura, con grandes figuras, como el ya mencionado Rubens o el gran maestro Rembrandt, cabe destacar también a los Jordaens, Van Dick, Vermeer o el paisajista Ruysdael. En todos ellos destaca el predominio del color sobre la línea y la búsqueda de la representación de la luz. En nuestro país Velázquez es la figura más importante, y su obra más impactante e influyente en la historia del arte, Las Meninas, un cuadro que muestra un retrato de grupo en un espacio tridimensional en el que los distintos elementos se integran de forma que se cree una sensación de realidad inaudita, como se puede ver en el siguiente video.

Junto a Velázquez, cabe destacar también otros autores españoles de enorme talla, tales como Murillo, Zurbarán, Valdés Leal (In ictu oculi, en la imagen), Alonso Cano, o el italianizado José de Ribera (“lo spagnoleto”)

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En Francia, destacan autores que se asignan a las dos grandes líneas estéticas definidas en el barroco italiano. Así, autores como Georges de la Tour o los hermanos Le Nain se incluyen dentro del naturalismo de ascendencia caravaggesca, mientras Nicolas Poussin y Claude Lorrain son representantes de la corriente clasicista que, a la postre, será la que triunfe en el país vecino, gracias al apoyo real y de la gran aristocracia. De ahí la proliferación de temas mitológicos y de retratos, así como la representación de sentimientos contenidos.

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Un arte, en definitiva, cuyos autores y características más relevantes son los que se muestran en la siguiente presentación.

 

3. El siglo XVIII

La esencia del estilo Barroco seguirá presente, habiendo enraizado con fuerza en el gusto popular de algunos países (como España), hasta bien entrado el siglo XVIII, bien con sus caracteres propios, consolidados desde inicios del siglo anterior, bien a través de lo que dará en llamarse estilo Rococó, un estilo recargado, aristocrático y refinado, que supone la culminación de una tendencia decorativista iniciada con el barroco. En paralelo, a partir de mediados de siglo, emergerá con fuerza el llamado Neoclasicismo, para devolver al arte la pureza de las formas grecorromanas, lo que está muy relacionado con el triunfo de la razón (Ilustración) y un renovado interés por la antigüedad clásica que se desata a partir del descubrimiento y posterior excavación de las ruinas de Pompeya y Herculano y otros sitios arqueológicos, como Paestum. Este “retorno” a la antigüedad, unido a la toma de conciencia de pertenencia a una nación, será también el caldo de cultivo para un renovado interés por la Historia de los pueblos que hará surgir, ya en el siglo siguiente, el Romanticismo. Finalmente, en el siglo XVIII, algunos autores, como el español Francisco de Goya, mostrarán al mundo su genio creador sin adscribirse a ningún estilo concreto, anunciando lo que, un siglo después, sucederá en el arte occidental y, ya en el siglo XX, en el mundial.

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Este siglo es también el Siglo de las Luces o de la Ilustración, en el que surgen las ideas que, con posterioridad, darán origen al liberalismo político  económico, y que culminará cuando en 1789 estalle la Revolución Francesa. Este hecho supondrá el inicio del fin del llamado Antiguo Régimen económico y social europeo y del Absolutismo como régimen político. En esta época asistiremos también al inicio de la Revolución Industrial en Inglaterra y el desarrollo de los nuevos medios de producción y transporte que cambiarán la faz de Europa durante el siglo siguiente. Es, por todo ello, un siglo en el que se pondrán de manifiesto dos tendencias artísticas y culturales opuestas que representan dos mundos diversos, uno en extinción y otro en plena ebullición:

  • Por un lado, el Antiguo Régimen, que tendrá en el Rococó su vía de expresión y en la aristocracia sus referencias sociales y culturales. Al tratarse de un grupo social amortizado y cada vez más parasitario, cuando llegue la Revolució n Francesa, en su caída, la aristrocracia arrastrará también al estilo rococó, del que, al iniciarse el siglo XIX, no quedará apenas rastro.
  • Por otro, el nuevo orden que anuncia la Ilustración, con el nuevo racionalismo y el imperio de Napoleón, una burguesía en ascenso y los inicios del liberalismo, tendrán en las formas clásicas de Grecia y, en menor medida, Roma, su mejor repertorio expresivo en el arte de esta segunda mitad del siglo XVIII y primer tercio del XIX.

Entre ambas posiciones se abría un hueco demasiado grande como para no convertirse en un crisol en el que se irán conformando los estilos y características que van a desarrollarse en el arte de los siglos posteriores, de la mano de grandes genios como Goya, Turner o Delacroix, . Veámoslos a continuación.

3.1. El Rococó

Nace en Francia y se desarrolla durante el reinado de Luis XV, extendiéndose después, e implantándose con notable éxito, en Alemania y Austria. Como ya hemos dicho, se trata de un estilo decorativista, que muestra el refinamiento, la elegancia y el hedonismo propios de la vida aristocrática, convertida en modelo a imitar por el resto de la sociedad.

En la arquitectura, además, la decoración se vuelve abigarrada, de gran complejidad, y el elemento más característico de la misma, es la rocalla, una forma asimétrica como las que podemos ver en la naturaleza, especialmente en las rocas. Exteriormente, un edificio rococó no se distingue de la mayoría de edificios barrocos de la época. Es en los interiores donde se despliega todo su potencial decorativo para crear ambientes confortables y elegantes. Un ejemplo de esta arquitectura lo tenemos en la iglesia de Wies (Alemania), en la imagen inferior. En ella podemos observar los tonos claros y pastel, la profusa decoración y la elegancia de líneas, rasgos típicos del rococó.

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La plástica rococó tiene en la pintura su principal campo de aplicación, ya que la escultura no llega a independizarse de la arquitectura, siguiendo una característica barroca. Serán varios los pintores que destaquen en este estilo, especialmente en Francia, donde sobresalen Antoine Watteau, Fragonard y Boucher; Inglaterra, donde hemos de mencionar al retratista y crítico satítirico de la vida popular inglesa W. Hogarth, al poeta e ilustrador W. Blake, al gran retratista inglés J. Reynolds, y al también retratista e introductor del paisajismo en la pintura inglesa Th. Gainsborough; finalmente Italia, que vive un cierto declive artístico, pero donde emergen las figuras de los venecianos G.Tiepolo, continuador de la tradición fresquista italiana, y Canaletto, el gran paisajista de Venecia, autor de innumerables vistas de los canales de la ciudad.

El cuadro Diana después del baño, obra de François Boucher, es un estupendo ejemplo de pintura rococó. En él podemos observar la exuberancia de la vegetación y otras manifestaciones de la naturaleza, la delicadeza y sensualidad de las formas femeninas y un colorismo que, no obstante, va adquiriendo tonos suaves.

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3.2. El Neoclasicismo

Es un estilo que surge hacia mediados del siglo XVIII y que convive en parte con el Rococó y, ya en el siglo XIX, con el Romanticismo. Recoge y depura la tradición clasicista que había atravesado la Edad Moderna desde el Renacimiento y que había estado aflorando en diversas escuelas y corrientes durante el Barroco. En Francia, bajo el gobierno napoleónico recibirá un impulso definitivo, al convertirse en una referencia formal al poder imperial romano. Supone, en definitiva, una vuelta al lenguaje expresivo equilibrado y racional de la Antigüedad grecorromana, considerado el modelo sublime de arte. Las academias de arte proliferarán por todos los países, marcando las normas que se habrán de imponer a los artistas en detrimento de su creatividad.

Por lo que a la arquitectura se refiere, el estilo surge en Francia con la clara determinación de construir edificios racionalmente comprensibles, de formas claras y sencillas, y de proporciones armoniosas. Destacan los arquitectos visionarios E.L.BoulléC.N.Ledoux,  y el autor del Panteón de París, J.C.Soufflot; más tardío es P.A.Vignon (iglesia de la Madeleine, en París). En Alemania,  el gran arquitecto neoclásico será Leo Von Klenze (Glipcoteca de Munich), junto a C.G.Langhans (Puerta de Brandeburgo), cuyas imágenes se pueden ver en las diapositivas adjuntas. Finalmente, en España, destaca la figura de Juan de Villanueva, autor del Museo del Prado, en la imagen inferior.

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Museo-del-Prado

La escultura es, posiblemente, el arte más fiel a las normas clásicas, por lo que sus obras apenas pueden distinguirse de las griegas o romanas. En ellas se pone de manifiesto un equilibrio de formas y volúmenes y una sencillez de líneas que devuelve a la estatuaria el canon y la proporción antiguas. El material más utilizado era el mármol blanco pulido finamente y sin pintar, pensando que esa era la presentación de las estatuas antiguas, aunque hoy se sabe que se éstas se policromaban y que muchas eran copias de originales en bronce.

Cabe mencionar a dos grandes figuras, como son el italiano Antonio Canova y el danés Bertel Thorwaldsen, representantes de dos formas diferentes de entender la escultura clásica, una que entronca con la línea clasicista del Barroco, representada por el primero de ellos, y otra más purista, a la que se asigna el segundo.

La pintura neoclásica no sólo tendrá en Grecia y Roma su fuente de inspiración formal sino que beberá también en su historia, mitos y leyendas, a la hora de buscar temas para sus cuadros. Otra fuente de temas será la propia historia o el ensalzamiento de algunos personajes o hechos del momento a los que se considera cruciales. Igual que en la escultura, se impondrá la sencillez de líneas y el equilibrio compositivo, aunque a medida que se va avanzando en el siglo XIX, la pintura neoclásica va abriéndose a formas más exóticas y exuberantes, compartiendo características con el Romanticismo.

Los pintores más importantes son los franceses Jacques-L. David (el Juramento de los Horacios) y Jean-Auguste-Dominique Ingres, (Napoleón entronizado), cuyas obras vemos en sendas imágenes debajo de estas lineas.

3.3. Goya

Para adentrarnos en la figura de este genial pintor español, podeis acceder al artículo de la Wikipedia pinchando en la siguiente imagen:

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